“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4)
La muerte de alguien amado deja un vacío que nada llena. Las palabras sobran… pero la presencia de Dios no falla.
Él es el Dios de todo consuelo. No te pide que olvides, sino que le entregues el dolor.
Llora, recuerda, suspira… pero también escucha la voz del Padre diciendo:
“Estoy aquí.”
La esperanza en Cristo es real. Un día no habrá más llanto, y volverás a ver a quien partió en el Señor.
Hasta entonces, vive cada día con paz.
Dios sigue siendo fiel, incluso en medio del duelo.

